viernes

No estoy muerta...

... que estaba de parranda, bonitos. Los cuatro que me leéis: el Loren, la vecina de arriba, algún anónimo y el gato, no os preocupéis que sigo viva. La Lola ha vuelto y viene más cabreada que nunca. Cómo no lo voy a estar, si cada vez que me pongo a pegar la hebra con alguna de mis cien mejores amigas, acabamos despotricando de la que nos ha caído en España: no la crisis, sino estos políticos de tres al cuarto que casi no tienen ni la ESO terminada. Ains. Ains. Es que me iba al congreso con un lanzallamas y un espray de laca y me quedaba sola, hijitos. Qué coraje.

En fin, por suerte vuelvo con novedades y es que una de mis cincuenta mejores íntimas se me casa. Sí, habéis oído bien. Ahí tengo al Loren para demostrarlo, sumido en plena crisis existencial, comiendo bombones y quejándose de que todo el mundo se casa menos nosotros, Lola, se nos va a pasar el arroz. Y yo gritándole desde el sofá: "¡Que no me llores, Loren, que se casa dentro de año y medio, ni que le tuvieran que construir la iglesia!".

Y es que es verdad, nenes, si es que es para matarla a mi amiga, por reservar con tanta antelación. Pues no va y nos enseña el anillo nada más volver de una escapada romántica a París con el sieso de su novio, las pupilas dilatadas, corazones saliéndole de las orejas, un exceso de almíbar en la cara que es que te daba un shock diabético a los dos minutos de estar con ella, y cuando yo estaba revisando mentalmente mi ropero a ver qué me ponía, va la tía y dice: "Sí, pues estamos pensando en organizar la boda hacia 2012".

Hala, toma odisea en el espacio segunda parte, coño, ¡pues si falta tanto tiempo, no me agobies! Que es que cada vez que una amiga se te casa es un estrés del copón: que si qué vestido me pongo, que si es en invierno o verano, mañana o tarde, largo o corto, que qué le regalamos, que si necesito unos zapatos, que a dónde la llevamos de despedida de soltera: al Manzanares con unos manolos de cemento te vas a ir, bonita, por agonías.

En fin, que ahí sigue mi amiga del alma en pleno éxtasis amoroso, enseñándole su anillo a todo el que se está quieto el tiempo suficiente, mientras las demás coordinamos nuestras agendas para organizar algún fiestón preboda hacia la primavera de dentro de dos años. Nuestras agendas mentales, claro, porque a ver dónde consigues tú ahora el calendario de 2012 para mirarte las vacaciones, los días libres y las rebajas. Anda que...

Amigas del mundo, cuando decidáis casaros, avisadnos de vuestras bodas a seis meses vista como mucho, no necesitamos agobiarnos con tanta antelación como vosotras, leñe.

Lo advierte Lola (que no sabe qué talla usará dentro de dos años, maldición!)

lunes

Y para la abuela, un lobo de regalo

Ay, hijos, pero qué bien me lo he pasado en casa de los padres del Loren, pordió, allí exiliada en el pueblo con toda la familia al completo, incluidos los sobrinos psicópatas y la abuela cotorra que explota si no te puede cascar su opinión sobre lo que sea. Pero qué relajada he vuelto, madre, es que me llevas ahora a Kabul para que desahogue mi ira interior y del trauma seguro que los talibanes se meten a monjas, coññño...

Bien, bien, tranquilidad, fu... fu... empecemos por el principio, por esa leyenda que dice que las abuelitas son seres esponjosos y adorables, de mejillas sonrosadas, que dedican su tiempo a tricotar jerseys y hornear galletas para sus nietos, oh. Lo que es las mías, es verdad que la descripción las ha clavado, oiga: adorables y discretas y venga a repartir mimos por doquier como ositas panda. Vamos, es que las subo a un ring con la abuela del Loren y me las descuartiza en cuestión de segundos. Y menos mal que sólo le queda una viva, porque he oído que la otra era el equivalente humano a un pitbull rabioso.

Y os preguntaréis "¿qué cuernos te pasa, Lola? ¿qué te ha hecho la abuela del Loren?". Pues tocarme las narices, leñe. Que me ha salido contestona la ancianita. Imaginaos el panorama: fin de semana familiar en la casa solariega del Loren. Cinco sobrinos asalvajados que gritan como si fueran quince, a los que sus padres dejan en libertad cual bestias en la jungla. Comidas tumbaestómagos que terminan a las seis de la tarde, siempre con la banda sonora de la jauría de niños de fondo.

Para cuando llega el café, hasta a Mary Poppins le habrían entrado ganas de matar. Y entonces, justo cuando la conversación decae, y el Loren comienza a planear nuestra huida y los dos empezamos a retirarnos discretamente hacia la salida, la abuela me clava sus ojillos de roedor y suelta la pregunta: "Bueno Lola, ¿y tú no te has planteado tener hijos ya?".

Y ahí queda Lola, paralizada a medio camino de la puerta como un cervatillo ante los faros de un coche. Por suerte, como a estas alturas ya ni finjo instinto maternal ni ná, intento zanjar la conversación de manera diplomática y respondo: "Buf, yo de momento nada, ya se verá en unos años". Y avanzo un paso más hacia la puerta, pero ella insiste. "Uy, ¿y por qué no?" "Porque no me apetece, Maruja" "Pero si tener hijos es lo más bonito que hay" "Bueno, pues ya me apetecerá a su tiempo" "Pero si los tuvieras ahora podrían jugar con sus primitos", y así nos seguimos pasando la pelota un rato hasta que le lanzo un remate: "Mira, Maruja, cuanto más me insistes menos me apetece".

Esto último se lo gritaba ya desde el ascensor, porque estaréis conmigo en que, con ese monotema sobrevolando el aire, cualquiera se quedaba más tiempo en aquella casa. Y es que, Maruja, ay Marujita, como no te puedo apretar las tuercas en público sin quedar como una abuelicida en potencia, a ti, que no usas internet -y menos mal, porque sólo me falta que se organice un cisma familiar por mis perlas verbales-, te voy a explicar desde aquí por qué no me da la gana tener niños.

En primer lugar porque aún me queda tiempo para cumplir los treinta, así que no hay peligro de que se me pase el arroz. En segundo lugar, porque quiero disfrutar de la vida, y viajar a donde me dé la gana, salir cuando me dé la gana, trasnochar con mis amigas entre semana si quiero, y dormir hasta las doce los sábados. Y, por supuesto, no me voy a pasar nueve meses reteniendo líquidos y dieciocho años pringada para que los plastas de mis sobrinos postizos tengan otro juguete más que romper. Para eso les compro un action man en carrefour y me olvido del tema.

Y es que Maruja, hija mía, ser mujer ya no es lo que era antes. Ahora el futuro no es ser ama de casa y parir críos, ahora eso es sólo una de mil opciones, y vaya por dios, la novia de tu nieto te ha salido con vocación. Y resulta que su profesión le gusta, le llena, y se lo pasa muy bien con el Loren, y no tiene ganas de renunciar a todo eso de repente para rellenar biberones durante los próximos cuatro años. Porque en tu época de ama de casa era fácil criar niños, pero ahora, si eres madre trabajadora, tienes por delante un marrón de no te menees. Y a ver quién se atreve a dejar de trabajar tal y como está el panorama.

En fin, Maruja querida, has tenido mala suerte, porque resulta que la Lola sabe muy bien lo que es ser madre. Y es responsable. Y no quiere perderse nada antes de tener un niño. Y resulta que no es la única, que si la mitad de las mujeres españolas están retrasando la maternidad, no es sólo porque estén ahorrando para el piso, no, sino porque tienen una madre, una tía o una abuela cotorra que se parece a ti y se estremecen ante la idea de acabar igual de rancias. Así que punto en boca, Maruja, que callada estás más guapa.

Lo dice Lola.

sábado

El ataque de los suegros vivientes

Ay, cariños míos, que sofoco traigo hoy por culpa de mis suegros, que me tienen negra, valga la rima.

Y es que esta mañana me ha venido el Loren con una hoja de calendario y cara de funeral. Se ha sentado, me ha cogido la mano y ha dicho. "Lola, que este finde es el cumpleaños de mis padres y lo quieren celebrar en Villafría", o sea, el pueblo perdido de la mano de Dios donde viven, vamos. Yo he cerrado los ojos, he suspirado con resignación y he asentido con la cabeza, asumiendo que mis próximos dos días de descanso los iba a pasar de comida en comida familiar y aburriéndome como una mona en el campo.

Ya me iba a ir en paz conmigo misma, cuando el Loren, sin soltarme la mano, me dice: "Hay una cosa más". Los labios le temblaban, sabía que iba a darme una mala noticia. Yo le miré aterrada, hasta que por fin soltó la bomba: "Que... que mis padres participan en un festival de danzas regionales el fin de semana siguiente al del cumple".
Y entonces peté, vaya si peté.

Ay queridos, que os voy a contar a estas alturas que no sepáis ya de mis suegros. Esos señores encantadores a los que ninguno de sus hijos ha hecho ver nunca lo plastas que pueden llegar a ser. Mis suegros, que demandan más atención que un bebé de dos años, y se enfurruñan si les ignoras aunque sea dos minutos. Mis suegros, que para compensar su síndrome del nido vacío, se apuntaron a clase de bailes regionales cuando sus hijos se fueron de casa.

¿Y cuál fue el resultado de ese experimento? Pues que ahora, cada vez que hacen una demostración en público con el resto de sus compañeros, te tienes que montar en el coche y recorrer quinientos kilómetros para verles bailar la jota, la muñeira y la sardana. A este paso van a conseguir que me corte las venas cada vez que escuche música folklórica.

Hay que joderse, queridos míos, pero qué ganas de matar tengo hoy.

La próxima vez me busco un novio huérfano.

Lo dice Lola.

martes

Eres feo, pero no te mueras

El sábado pasado salimos mis íntimas y yo con un grupo de amigos majetes que por suerte aún no se han ennoviado con ninguna de la pandilla, y digo por suerte porque, como dice el Loren, la nuestra es una pandilla que se pasa de endogámica, con tres de cada cuatro parejas surgidas dentro del grupo de amigos y, sospecho yo, por desgaste amoroso, de tanto verse el careto cada día.

De hecho, el Loren es uno de los pocos novios "venidos del exterior", como si fuera marciano, y por eso cuando ve nuestras fotos de primero de carrera, se parte de risa, viendo a menganita posando incómoda al lado de fulanito, sin saber que en cuestión de tres años iba a estar loquita por sus huesos; o viendo a uno burlándose de otra a la que perseguiría para pedirle salir meses después.

En fin, que al final quedan cuatro solteros que a veces salen con nosotras a espantarnos los buitres, como dicen ellos, y a que les ayudemos a ligar dándoles consejos, aunque luego no nos hacen ni puto caso. Y digo esto, porque el pásado sábado sucedió una de esas anécdotas que a mí me harían gracia si no fuera por las ganas que me entran a veces de darle una colleja al prota; en este caso, mi amigo Nano, que la verdad, se lució.

La cosa es así: tú eres una tía normal pero resultona; de mona a muy mona si te arreglas y eso; simpática y extrovertida, aunque tampoco te subes a bailar a la barra de buenas a primeras. Total, que un día sales por la noche a ver si cae algo decente. Te maquillas, te pones el vestido de la suerte, te haces un recogido y hale, entras con tus amigas al primer bar. Os agrupais en un rincón y le echais un vistazo al percal.

En lo primero que os fijais es en un grupo de tíos buenos (rectifico: dos tíos buenos que hacen efecto-grupo sobre sus amigos) y que, por supuesto, ya tienen un grupo de tías buenas cercándoles discretamente. Valoráis al enemigo y ahí es donde la objetividad y la autoestima libran una lucha mortal: el "yo tengo una personalidad estupenda" versus "las piernas kilométricas de esa tía y sus tetazas".

Ahí, dependiendo del resultado del round, decides si entras a matar o te quedas en la barrera. Y, asumámoslo, si la rival está rebuena, todas sabemos que es mejor buscar otro objetivo más asequible o esperar a otra ocasión, porque, como todos saben, en un bar, por la noche, y con cinco copas encima, ningún desconocido se va a parar a conocer tu personalidad, salvo que venga acompañada de dos siliconas. Es la cruda realidad, chicas, triste pero cierto.

Eso sí, con las tías pasa igual, no os vayáis a creer, chicos que leáis esto, que las chicas que salen un sábado por la noche lo hacen pensando en conocer al hombre de su vida, o tener conversaciones inolvidables acodados en la barra, nononononono. No. Las chicas que salen a ligar también se quieren comer a un tío bueno. Y si están buenas, buscarán a un tío bueno. Y si sólo son resultonas, también querrán a un tío bueno, aunque si te las camelas bien tal vez te dediquen dos minutos de atención, a ver si tienes algún encanto oculto. Dos minutos. Después, puerta. ¿Lo cogéis, no? Selección de objetivos, valoración de posibilidades... Esto es como una guerra, sólo que el único cadáver que puede haber es tu amor propio.

Total, que os largo todo este rollo, porque el pasado sábado, mi amigo Nano, que es un encanto, ingenioso, atento y viste bien, que lo quiero un montón, pero que no es ningún George Clooney, ni siquiera un Adrien Brody, y ya apunta barriga, llegó al primer bar y se puso en modo "cazador de la noche", con nosotras de avistadoras. Por supuesto, en lo primero que se fijó fue en un grupo de barbies con pinta de ir a castrar al primero que osara mirarlas sin arrodillarse antes. Por suerte conseguimos disuadirle de entrarlas, porque sus novios no tardaron en llegar y el más pequeño medía metro noventa.

Así que nos fijamos en un grupo de tres chicas solas, muy monas ellas, que estaban bailando cerca de nosotros, e hicimos unas cuantas señas a Nano y los demás para que atacaran el flanco derecho. Y entonces Nano, el muy huevón, les echó una mirada valorativa, se encogió de hombros, y soltó: "Mmm, no sé, éstas son demasiado feas para mí", y se echó a reír mientras mis íntimas me arrastraban al otro extremo de la sala para evitar heridos. Por suerte, aún me dio tiempo a vociferar: "Pero Nano, ¡si tú también eres feo! ¡Los sietes con los sietes, los cincos con los cincos, leñe!", antes de que mis amigas me hicieran tragar por la fuerza un bloody mary para serenarme.

Así que chicos, sí, la belleza está en el interior, por supuesto, y esa es la más importante, of course. Pero enteraos de una vez: la luz de los bares viene sin rayos-x.

Lo dice Lola.

lunes

Cuando tu mejor amiga es una patata

Estaba yo el otro día emborrachándome con mi amiga S. (sí, para qué nos vamos a engañar, íbamos ya por el cuarto cosmopolitan y no aguantamos nada) cuando de pronto nos llegó un sms de una de mis mejores íntimas, diciendo que al final no podía quedar con nosotras esa noche, porque iba a acompañar a su novio y los amigos de él a un bar de reggaeton.

Hacía ya más de un mes que mi íntima y yo no nos veíamos, y me molesta bastante que me planten a última hora, pero me lo tomé bien. Apenas causé desperfectos cuando arrojé el móvil al suelo y comencé a patearlo en un ataque de ira exprés. Para aplacarme, mi amiga S. pidió otra ronda de cosmopolitans (o cosspolomitansss, que es como lo pronunciábamos a esas horas de la noche) y decidió regalarme un poco de su sabiduría oriental para que se me pasara el disgusto.

Hace unos días hablábamos de las parejas lapa, y de cómo, cuando tus amigas se enamoran, a veces tienes que aguantarlas hasta que superan la fase babosa de "mi novio y yo somos uno". Sin embargo, no mencionamos qué ocurre cuando una amiga cercana se queda estancada en esa fase y, en lugar de evolucionar hasta recuperar su independencia, vegeta hasta que deja de ser tu amiga y se convierte en una patata. Bueno, no literalmente, pero sí comparada con la persona que era antes.

Así, aquella chica con la que compartías confidencias durante horas, que siempre estaba disponible para una juerga o para un café, que era tan divertida y entendía como nadie tus problemas y te contaba los suyos, se va convirtiendo, gradualmente, en una seta que prefiere salir con su novio y sus amigos antes que contigo; que se escandaliza con los comentarios que antes le hacían gracia; y que cuando le hablas de tu vida te mira con cara de póker, porque en lugar de escucharte está pensando en su churri, y en qué estará haciendo con sus amigos cromañones.

Todos estos síntomas que yo he presenciado en mi íntima y alcanzaron su culmen con ese sms infernal se los resumí a mi amiga S. la otra noche, mientras apurábamos juntas dos cocacolas, porque el camarero se negaba ya a proporcionarnos más alcohol. Ella asintió con la cabeza, diciendo que me comprendía perfectamente, que le había pasado lo mismo con su mejor amiga de toda la vida, que fue echarse novio y perdió por completo la personalidad, dejó de leer, se tatuó medio cuerpo (el novio hacía tatuajes) y pasó a formar parte para siempre de la troupé de novias-groupies de los amigotes de él.

Yo me quedé mirando a S. con la boca abierta hasta que reconoció que, bueno, lo de su amiga había sido un caso extremo, que la mía no tenía por qué acabar formando parte de un clan de moteros. Fue un alivio, la verdad, no hay nada como una anécdota chunga para ver las cosas en su justa perspectiva.

De todas formas, antes de salir a gatas del bar, le pregunté a mi colega zen qué podía hacer para recuperar a mi íntima. "Nada", me respondió, "hablar con ella no servirá, porque ahora vive en una burbuja. Algún día tal vez saldrá, pero mientras tanto será mejor que la apartes a un lado y busques a otra amiga con más personalidad", concluyó. Y dicho esto, ví cómo una aureola de sabiduría coronaba su rostro, aunque bien pudo ser efecto del delirium tremens.

Queridos míos, estaréis tan decepcionados como yo por esta moraleja tan triste, pero es lo que hay. Las soluciones mágicas sólo existen en las películas y en los libros de Harry Potter. Así que archivad el teléfono de vuestra amiga patata y juntaos con otra más carnívora. Lo pasaréis mejor.

Lo dice Lola.

martes

Bebés, qué cataplasma

Sí, matadme, total, esta tarde ya lo ha intentado la amiga de una de mis íntimas mientras tomábamos las cuatro un café pacíficamente. No tengo miedo a la muerte y necesito desahogarme. Así que: ¡los bebés son un plomazo! ¡Y sus padres también, hala!

Os cuento: habíamos quedado dos íntimas y yo para marujear después de mucho tiempo sin vernos, cuando de pronto vino a cortarnos el rollo la colega de una de ellas. Y matizo esto, porque si fuera amiga mía, yo ya le habría metido dos hostias a ver si le crece alguna neurona en ese melón pelirrojo que tiene.

En fin, que allí estábamos, autocensurando las burradas que solemos decir cuando estamos solas y manteniendo en su lugar una conversación civilizada sobre zapatos, bolsos, Aminatu Haidar y la subida del IPC, cuando una de mis íntimas comentó apesadumbrada que dos de sus mejores amigas se acaban de quedar embarazadas voluntariamente.

Llegados a este punto, debéis saber que, en el mundo de las parejas dink (repetimos: dual income, no kids), esta clase de noticias siempre conllevan un pequeño duelo, porque significan que no vas a volver a ver a tu amiga embarazada hasta que su hijo cumpla seis años por lo menos. Y si a pesar de todo intentas verla, será sólo para sufrir viendo cómo ella, que antes de la maternidad solía leer ensayos, era adicta al arte moderno y la más loca cuando salíais de copas, ahora se emociona cada vez que su retoño suelta un erupto o hace caquitas. Y, claro, lo que es yo, prefiero ahorrarme la escena y esperar a que el nene crezca.

Aclarado esto, volvemos a esa mesa del bar, donde mis dos íntimas y yo guardamos un minuto de silencio con la cabeza gacha por esos dos embarazos deseados, mientras la otra nos mira con cara de póker. Por fin, para romper el hielo, va y nos suelta: "Bueno, qué cosa, ¿no? Ya os tocará a vosotras". Y yo, sin calibrar las consecuencias de mis palabras, le contesto : "Buf, quita, quita, cuanto más tarde mejor, que los bebés son un coñazo". Y entonces sucede.

De repente, su rostro se descompone y esboza una mueca en plan Chuky, el muñeco diabólico. Sus manos se crispan en torno a la taza. Y con voz gutural, esa tía que se ha pasado por la piedra a todos los novios y ex novios de sus amigas; esa petarda que se bebe hasta el agua de los floreros cuando sale de copas y no ha pillado aún un coma etílico porque evidentemente sufre algún tipo de mutación genética; esa hipócrita que consiguió el título con rodillera y no ha dejado espalda sin apuñalar desde que entró en el mundo laboral, va y exclama: "¡¡Pero qué horror!! ¡¡Cómo se te ocurre decir eso!! ¡¡Los niños son una bendición de Dios!!". Y me mira con un halo de santidad imaginario alrededor de su cabeza.

A ver, guapa, pero qué bendición del Señor, ni qué porras fritas. De hecho, cómo te atreves a mentar tú al Señor, después de que el último mandamiento que te faltaba por cargarte casi lo rompes hoy conmigo y la cucharilla de café que intentaste clavarme en el ojo. Porque claro, queridos, aunque intenté seguir ese consejo de mi divina madre de "Tú siempre discreta y no te metas con nadie", cuando escuché sus palabras me dio un brote de cólera que ni Michael Douglas en "Un día de furia". Así que le solté una serie de cortes con un popurrí de todo lo anterior y al final tuvieron que separarnos los camareros. Una pena, porque mi lima de uñas y yo íbamos ganando.

Así que bueno, queridos, eso es todo. Ya me he desahogado y creo que esta noche dormiré como un... como...

Bueno, nada.

Un beso de vuestra Lola.

lunes

Relaciones a distancia: competición o sacrificio

Queridos, perdonadme estos días que he estado ausente, pero es que con las navidades, Madrid se ha llenado de outlets de moda y yo siento la irrefrenable necesidad de visitarlos todos, aunque no tenga dinero y mi tarjeta de crédito chille cada vez que la saco del bolso. Por suerte, esta tarde le he dado un respiro, porque he quedado con tres íntimas que me engañaron para que fuera con ellas de cañas, cuando en realidad lo que querían era recitarme sus penas en verso.

Os cuento: desde hace más de dos años, estas tres idealistas se han embarcado en tres correspondientes relaciones a distancia, que cada fin de semana las trasladan a Valencia, Sevilla y Coruña, respectivamente. Las muy ilusas pensaron que, con el tiempo, sus amorcitos acabarían por trasladarse a Madrid con ellas, poniendo así la perfecta guinda final a su cursi historia de amor. Pero hete aquí, oh destino cruel, que sus respectivos fueron encontrando trabajo en sus ciudades de origen (cerca de la familia, los amigos, ya se sabe...) y, claro, ellas ya tenían su vida hecha en Madrid y la cuerda empezó a tensarse con fines de semana repartidos, puentes aéreos, facturas terroríficas de móvil y cientos de despedidas lacrimógenas en estaciones repartidas por toda la península.

Total, que a esas alturas de la historia, las cañas ya me sabían a hiel, como os podéis imaginar. Las pobres me pedían consejo para poder llevar la relación con sus churris al siguiente nivel, y yo ahí, atracándome de aceitunas, y dudando si proponer antes la ruptura o el traslado. Porque sí, amigos, esas son las dos opciones que hay en las relaciones a distancia. Las únicas. No os engañéis. Podéis pasaros años haciendo encaje de bolillos con puentes, viajes low-cost y fines de semana exprés, pero más pronto o más tarde, uno de los dos tendrá que hacer de tripas corazón y mudarse a la ciudad del otro. Y cuanto antes lo haga, mejor, porque si no, entrará en una fase muy peliaguda y de no retorno: la fase de la competición.

La situación es la siguiente: tanto tú como tu novio del alma tenéis claro que queréis estar juntos, y os da lo mismo una ciudad que otra. Por supuesto -y esto no lo confesarías ni bajo tortura- tú deseas que esa ciudad sea preferiblemente la tuya, porque ahí están tus amigos, tu familia, tu trabajo o tu todo. Pero el amor es así, y prometes esa tontería: en cuanto uno de los dos encuentre una oportunidad laboral en la ciudad del otro, se muda. Y, mientras, vas echando currículums, encuentras curro, hay crisis en el sector, no salen ofertas en la otra ciudad, o son inestables, o no te llaman, o se te olvida mirarlas, y mientras te ascienden, te suben el sueldo y a tu novio le ocurre lo mismo en su ciudad.

Ahí es cuando la cosa se complica. Piensas "mira que si me voy allí con un trabajo de mierda, mira que allí no tengo perspectivas laborales, mira que esa ciudad es un muermo total..." y tu novio, mientras tanto, no para de enviarte ofertas de infojobs a tu mail, por la mitad de lo que ganas, y tu contraatacas enviándole otras con un sueldo bastante razonable, pero menos de lo que gana él, y a ti te vuelven a ascender, a él le hacen medio jefe, la cuerda se tensa, se tensa... ¿veis adónde quiero llegar no? En ese punto ya sólo quedan dos opciones, las mismas que al principio, pero bastante más dolorosas teniendo en cuenta lo avanzado del proceso: o uno de los dos se resigna y se muda con el otro, a empezar de cero; o admitís que no tenéis futuro juntos y empezáis también de cero, pero en lo sentimental.

Por supuesto esto no se lo dije a mis tres íntimas ayer, porque me miraban con unos ojitos tan tristes y a la vez tan llenos de esperanza, que no tuve valor. Les dije lo que querían oír para no echarse a llorar: que siguieran buscando ofertas de trabajo interesantes, que tuvieran paciencia y que se abonaran al AVE.

Qué queréis, a veces la sinceridad apesta.

Lo dice Lola.